Domingo, 4 diciembre, 2016

Madrid, la rendición incondicional
Madrid, la rendición incondicional

Madrid, la rendición incondicional

Hay un silencio espeso en Madrid. Es un silencio grueso y compacto que podría cortarse con cuchillo jamonero. El cielo es azul intenso: no es aquel azul velazqueño de los idus de marzo de cuando el Olympique de Lyon, ni tampoco el rojo infierno del 2 de Mayo de 2009, cuando el 2-6. Cielo sin nubes, marco idílico si no fuese porque el ánimo en la capital no está para mirar el cielo. De tanto pisar el infierno, el madridismo no tiene fuerzas para levantar la cabeza y ver que hay vida después del Bernabéu. Hay un silencio espeso en la capital, pero sobre todo un clima de rendición incondicional. Se ha bajado los brazos y tirado la toalla. Ya nadie habla de Villarato, ni siquiera el inventor de semejante patraña, apuntado ahora a la teoría dominante: no hay nada que hacer cuando te enfrentas al mejor equipo del mundo. El Madrid del Villarato y las conjuras, los espíritus esotéricos y el miedo escénico, la Décima y las promesas infinitas, los millones invertidos y la gran superproducción es hoy un Madrid tumbado en el diván del psicoanalista: ¿qué me pasa, doctor?

El enfermo no está muerto, pero sufre una crisis profunda de megalomanía. A base de repetirse durante décadas que es el más guapo del universo, el club no ha sabido construir un modelo de fútbol sostenible y adecuado a los tiempos que corren. Encegado el madridismo por el deslumbrante Florentino y sus millones, ha aceptado sin pestañear que el plan de negocio se antepusiera siempre al plan futbolístico y ni siquiera las barrabasadas de la primera galaxia actuaron como antídoto para repetir idénticos errores, hoy tan perceptibles incluso para los merengues más escépticos: ahí están Robben y Sneijder en las semifinales de Champions; Van Nistelrooy, Reyes y Jurado en las de Europa League, en tanto la segunda galaxia se condena a ver por televisión los grandes acontecimientos. Pero el férreo entorno mediático, profusamente regado, se ocupa de dirigir todas las iras blancas hacia el entrenador, no vaya a ser que a la masa se le ocurra mirar hacia el palco y comprender la verdad de esta historia.

LA GRAN DEPRESION

Pero eso no cambia un milímetro el ánimo depresivo del madridista de a pie en esta mañana de dulce primavera. La ciudad siente hoy una resaca imponente y no es por el alcohol, sino por la paliza moral, un golpe anímico contundente. No fue una paliza estrepitosa como el 2-6 de hace un año, pero la sensación es mucho peor: no fue una derrota, sino una rendición. Hace un año por lo menos había clavos ardiendo a los que agarrarse: era un Madrid en precario, sin presidente apenas, con un entrenador provisional y Florentino asomando por la esquina, futbolistas en almoneda y, sobre todo, un Barça sorprendente, imparable, estratosférico, del que se creía iba a tocar techo inminente para luego caer de modo inevitable. Bastaba con refichar a Florentino, rearmar el vestuario con nuevas estrellas y aprovechar la segura caída blaugrana. Parecía sencillo, apenas tres reglas básicas y el Madrid volvería a estar en el cielo y el Barça, en los infiernos. Era la esperanza de entonces: los editoriales periodísticos hablaban del 2-6 como de la catarsis definitiva, el chorreo que haría cambiar al Madrid, la gran limpieza de establos, la refundación del club, la certeza de que al fin habría un estilo de juego más allá de la fe, las conjuras y la épica. Recuerdo a mi vecino, sorprendente culé, reflexionando sobre aquello:

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