Sábado, 3 diciembre, 2016

Merienda de blancos en el Camp Nou
Merienda de blancos en el Camp Nou

Merienda de blancos en el Camp Nou

“Sal del banquillo, Mourinho sal del banquillo, sal del banquillo, Mourinho sal del baquillo”. 100.000 gargantas inventaron esta noche un nuevo himno, de manera espontánea. Pero Mourinho no salió. Esta vez no se dejó ver. No tenía un solo argumento para chulear. Sólo pudo esconderse porque el horno no estaba para bollos. Ni siquiera podía culpar al árbitro. El Barça le dio un baño a su equipo de principio a fin y gran parte de culpa era suya. Porque el Madrid no fue un equipo, fue una caricatura. Es probablemente el Madrid más flojo que ha desfilado por el Camp Nou en los últimos años. Daba pena verlo. El Barça jugaba y el Madrid miraba. Quizá intentando aprender la lección.

Y el Camp Nou disfrutaba como nunca entre olés, haciendo la ola, votando e invitando a Mourinho a ir al teatro. Mucho mejor eso que recordarle a su madre.

Y mientras el entrenador del Madrid se escondía, el Barça bailaba sobre el terreno de juego a once rivales a la deriva sin rumbo, sin idea táctica, sin argumentos, sin otra opción que recurrir a la violencia como único argumento para contrarrestar el poderío del equipo que tenía enfrente.

Messi no marcó. Dio dos goles y una exhibición de fútbol de equipo. Messi ayudó al 5-0. Y mucho. Cristiano Ronaldo, el chico de los musculitos, los gestitos y las sonrisitas, no hizo absolutamente nada para sacar a su equipo de la mediocridad. Sexto partido en blanco contra el Barcelona. Lo de este tipo empieza ya a ser preocupante. Más que nada porque desde Madrid insisten en que es tan bueno como Messi. En fin, si ellos lo creen, tienen todo el derecho del mundo a seguir viviendo engañados. Pero, por favor, que no traten de engañar a los demás. Especialmente a los que disfrutamos semana a semana de este monstruo llamado Messi que no sólo es el mejor, sino que sabe hacer mejores a los que le rodean.

Cristiano Ronaldo sólo dio pena. Y el Madrid vergüenza. Le habían hecho 6 goles en 12 partidos. Esta noche se ha llevado 5 en 90 minutos.

Y el Camp Nou ha disfrutado como nunca con el nuevo chorreo a los blancos, algo que empieza a ser ya habitual. Tanto en Barcelona como en Madrid.

Y mientras el Barcelona jugaba y el Madrid miraba, los goles iban cayendo uno detrás de otro entre los olés de un público entregado. Primero Xavi, luego Pedrito en una jugada memorable en la que todos se pasaron el balón mientras los blancos se lo miraban sin saber qué hacer. Y los dos de Villa –dedicado a los que desde la capital dudaban de él- y el colofón del canterazo Jeffren.

Faltó el gol de Messi, cierto. Pero su contribución al triunfo fue brutal. “¿Alguien conoce a otro futbolista más completo que Leo?”. Yo no. Desde luego, si hay alguno, ese no es Cristiano Ronaldo, que esta noche nos ha ofrecido un amplio repertorio de gestos pero, una vez más, nada de fútbol en el Camp Nou. Este estadio le viene grande al chaval. Demasiados mimos. Está acostumbrado a ser el niño mimado de la fiesta, pero esta noche la fiesta no era la suya. Sólo fue un invitado sin derecho a baile, porque esta vez sólo el Barça bailó.

Ante tanto derroche de fútbol del bueno, el Madrid sólo encontró una respuesta: la violencia. Penoso Sergio Ramos al final de partido peleándose con el mundo. Penoso Pepe utilizando la fuerza bruta en lugar de jugar a fútbol, que para eso le pagan. En fin, ese líder que nos habían vendido tan maravilloso era sólo una parodia, una simulación, un espejismo, una mentira. Muy lejos, por supuesto, del nivel exquisito de un Barcelona que viene de lejos y que no sorprende.

Lo de esta noche no ha sido ninguna sorpresa. Llevan años jugando así. Es un equipo hecho y con mayoría de jugadores de la casa. El Madrid no ha encontrado en casa material suficiente para darle réplica y ha echado mano de los mercenarios. Pero no es lo mismo. Y visto lo de esta noche, el Madrid sigue en construcción y le queda mucho por construir antes de poner la última piedra. Porque en el Camp Nou el Madrid renunció a jugar a fútbol desde el primer minuto. Quizá no se esperaba tanto poderío del Barça. Quizá. Lo cierto es que hasta ahora el Madrid ha disfrutado de un calendario muy cómodo y el Barça era el primer obstáculo serio en su camino. Y visto lo visto, el fantasma de los octavos de final en la Champions vuelve a cobrar fuerza. Lo cierto es que el Hércules dejó mejor impresión que este equipo. Incluso el Sporting de los suplentes denostado por Mourinho le dio al Barça bastante más guerra que los niños mimados del madridismo. Sin duda, el de esta noche es el Madrid más pobre que se recuerda por estos lares.

El Camp Nou no olvidará esta noche histórica. No recuerdo haber visto tanta euforia entre la gent blaugrana. Ver al Camp Nou votando para desmarcarse del madridismo ha sido una experiencia impactante. Ver a Mourinho hincando la rodilla no tiene precio. Hasta valió la pena perder la eliminatoria con el Inter si luego la venganza tenía que llegar de esta manera. El pobre Mourinho ni se atrevió a salir del banquillo. Ya no le quedaba ni el recurso del árbitro. Se ha quedado sin argumentos y sin respuestas ante un Barça que se dedicó a bailar a sus jugadores la mayor parte del partido. Y eso era responsabilidad suya, porque cuando sus futbolistas tenían la pelota, no sabían qué hacer con ella asfixiados por la presión de un Barça que se mostró firme atrás, que ganó el partido en el centro del campo con una autoridad absoluta y que remató a su rival con los hombres de delante. Además, por si quedaban dudas, Guardiola demostró al planeta Tierra que este equipo es capaz de golear al Real Madrid sin que el mejor jugador del mundo vea puerta. O lo que es lo mismo, tampoco se puede echar en cara del Barça ninguna “Messidependencia”.

Conclusión: que nadie vuelva a decir que Barça y Madrid son dos equipos parejos. Miente quien sostenga esa teoría. Es cierto que el Barça sólo ha ganado un partido, pero la manita dejará tocado a un Madrid que se había creido lo que no era. Decía Cristiano: “a ver si a nosotros nos meten ocho”. Tenía razón. No les han metido ocho. Cuando tiene razón, hay que dársela.

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