Sábado, 3 diciembre, 2016

Menos lobos, Caperucita
Menos lobos, Caperucita

Menos lobos, Caperucita

No me digan por qué pero es así. Palabrita del Niño Jesús. Puedo aportar testigos. Y cuando me hablaban del Villarreal y del Sevilla, mi respuesta siempre era la misma: si cae, bien, pero algo me dice en mi fuero interno que en Villareal y Sevilla el equipo culé cortará las dos orejas y el rabo, como así sucedió.

La misma corazonada me asaltó cuando vi el fallo imposible de Masoud. Al iraní le hubiera resultado más fácil acertar una bonoloto que batir a Casillas. Y si me quedaba alguna duda, me la despejó el bueno de Javi Clemente el sábado al levantar el 0-1 ante el Racing, colocando a su equipo fuera de la zona de descenso y —esto es lo sustantivo— convirtiendo el partido del Camp Nou en un nuevo Stalingrado si no quiere añadir una muesca más a su lista de equipos históricos que ha mandado al matadero de Segunda (Espanyol, Tenerife y Murcia, si no recuerdo mal). Dicho esto, reconozco y valoro la labor del bilbaíno en Pucela aunque tampoco vayamos a ponernos estupendos, que diría Max Estrella, porque incluso Maradona, que ya es mucho decir, lo hubiera hecho mejor que Onésimo. Así que menos lobos, Caperucita.

Clemente es de esos tipos que no se paran en barras cuando graniza. No va por los campos de fútbol con las obras completas de Bioy Casares y Jorge Luis Borges, sino con su libreta de apuntes escritos en su mocedad entre el agua y el barro de Guecho y Vitoria. Clemente es de Baracaldo y en Baracaldo siempre han entendido más de acererías y ferrerías que de lírica; para eso ya están Jorge Valdano y Unai Emery. En esto recuerda a Camacho y Pochettino, de los que tan buenos recuerdos guarda la parroquia barcelonista.

Por eso no acabo de entender muy bien esa explosión de júbilo de los culés tras el 2-3 del Sánchez Pizjuán. Máxime viendo la cara de Pep Guardiola cuando Txiki Berigistain le debió decir que tenían que dejar las camisetas de la celebración para mejor ocasión. Que el Madrid, con su fútbol aturullado pero letal, con un técnico que en los momentos claves del campeonato ha recordado más a un encargado de planta de El Corte Inglés en días de rebajas que a un entrenador de campanillas, se había empeñado en convertir esta Liga en una pesadilla para los sextacampeones (o habrá que decir de los tricampeones como, ahora, gusta recordar Guardiola sin que se le caiga la cara de verguenza) y para desesperación de la gent blaugrana. Aunque también puede ocurrir —que podría ser—, que estas enigmáticas Líneas de Nasca que yo interpreto como pistas de aterrizaje para la nave del extraterreste CR9, en realidad sólo sean misteriosos jeroglíficos del fútbol.

De ser así, habrá que felicitar al campeón. Piqué seguramente cogerá el testigo de Eto´o y Stoichkov en la celebración y, con suerte, el McDonald’s de la Rambla podrá servir sus hamburguesas big Mac el día de la final de Copa. Pero la historia, guste o no, dirá que un grupo de futbolistas que jugaba las más de las veces como si fuera el ejército de Pancho Villa, mantuvo en jaque hasta el último minuto al considerado por todos como el mejor equipo del mundo. Que quedó segundo habiéndo ganado más partidos y marcando más goles que el campeón, y por un solo punto de diferencia. Y también, sí, cómo no, mientras el equipo dé la vuelta de honor al Camp Nou (con o sin aspersores), más de un culé, si no todos, se lamentará de no poder ir a Madrid. Que, al igual que la Liga, ya daban por hecho.

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