Domingo, 4 diciembre, 2016

“Citius, Altius, Fortius…”
“Citius, Altius, Fortius…”

“Citius, Altius, Fortius…”

Quería decirlo, pero no se atrevió. Recurrió a la broma. Le faltó decir que era más guapo, que Messi parece Dustin Hoffman y él es el Steve McQueen del fútbol. “Soy más alto, soy más ancho, soy más”, y ahí se calló. Pensó que no era el momento, que era mejor esperar al Clásico (tantos años llamándolo ‘derbi’, sigue sonando raro, forzado, decirlo a la manera porteña, aunque sea la correcta: una vez más, en la dialéctica del fútbol, gana Argentina). Pero sin decirlo, lo dijo; porque tampoco soltó lo contrario. Cristiano Ronaldo piensa que es mejor que Messi. Y es su obligación. Es el eslogan de su fútbol, de su empresa vital: “Soy el más grande”. Para eso se le fichó, para creérselo, aunque hoy, en este mismo instante, haya otro jugador que destaque más. Esto no son los Juegos Olímpicos: el más bello, el más fuerte y el más echao p’alante no siempre es el mejor. Pero igual que Kenny Dalglish sabía que “si insistes en decirle a un jugador que está cansado, acabará por creerte”; si Cristiano sigue repitiéndose a sí mismo que él es el número uno, cuidado…

Es una extraña teoría, pero encaja: incluso viendo a Messi en su imparable progresión, asoma un ¡uy! Entre teorías para parar a Leo (un trabajo para aquel Mangriñán que iba al urinario con Di Stéfano o para Molinos, secante españolista que anuló a Pelé en un Carranza, y a Cruyff y Maradona en Liga), todavía se contempla la posibilidad de que Cristiano eclipse a Messi. Eso ya es un triunfo. El sábado se resuelve la Liga, sí, pero también se busca al mejor jugador del mundo. Demasiado para un solo partido. E incluso para un solo futbolista. Más alto, más fuerte, más rápido. Para eso se inventaron los Clásicos.

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