Pedro Riaño
¿Es Guardiola un ser superior?
lunes, 26 de septiembre de 2011
El directo a la mandíbula que le ha endosado a Rosell utilizando a Laporta no es más que una demostración de fuerza de alguien que quiere dejar claro quién manda aquí.
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Las declaraciones, fuera de lugar, de Pep Guardiola echándole un cable al ex presidente Laporta no sólo crean un incendio en el club, también confirman que el entrenador tiene más poder del que parece y que el presidente vive sometido a su voluntad. Remar en dirección contraria a las directrices que marca la directiva elegida por los socios merece una reprimenda que, por supuesto, no se producirá. Entre todos le hemos convencido de que es un ser superior y parece que se lo ha creído.
Pide a Chygrynskyi y se lo traen. Pide a Ibrahimovic y se le traen. Dice que hay que votar "sí" a Qatar y se sale con la suya. Hasta algún compromisario se atrevió a admitir que votó lo que sugirió Pep. Dice que sólo firma por un año y se lo admiten. Exige una plantilla de más de 20 colaboradores y se la dan. El fondo de su trabajo dice que lo ha ganado todo. Y las formas sugieren una educación exquisita que le convierte en el entrenador ideal con el que siempre soñó el barcelonismo. Ya sólo le faltaba convertirse en luz y guía del pueblo catalán, y lo ha logrado con palabras muy medidas en el Parlament.
Pep Guardiola, el mismo que un día dejó al Barça tirado atraído por las ofertas de grandes equipos europeos como el Brescia, ha culminado una estudiada obra que se inició hace muchos años, cuando en su época de jugador se rodeó de un poderoso y fiel lobby mediático dispuesto a magnificar las excelencias del juego de un futbolista que jamás ocupó puestos de honor en el ranking del Balón de Oro. Pero la leyenda creció y creció hasta llevarle al banquillo del Camp Nou.
Y aquí sí. Aquí Guardiola ha demostrado con creces sus dotes para liderar un grupo humano de alto nivel en donde los egos han dejado paso de forma milagrosa al concepto de equipo que está por encima de todo. Como entrenador, Pep ha demostrado ser un diez. Cierto que dispone de una plantilla irrepetible, pero hay que saber gestionarla y lo ha hecho con innegable maestría.
Llegados a este punto, entre la leyenda del pasado y los éxitos del presente, Pep Guardiola se ha convertido en el gurú del barcelonismo, y él se lo ha creído. Tanto, que es capaz de pedir el voto para Qatar o el perdón para su amigo Laporta en ruedas de prensa que se supone son organizadas para hablar de fútbol y no de temas colaterales. El 5-0 al Atlético merecía mejores explicaciones que el llanto por Laporta. Entre todos hemos conseguido que se lo crea, que valore la fuerza que le respalda por ser quien es y que use y abuse de ella para marcar la línea. Ya le dijo a los catalanes lo que tienen que hacer para que su país salga adelante ante el alborozo generalizado. Si puede permitirse el lujo de poder indicar a los ciudadanos cuál es el camino a seguir, ¿qué no podrá hacer en el Barça?
Y a eso va. No ignora que tiene al presidente a su merced y no le tiembla el pulso para moverle como a un monigote sabiendo que tiene metido el miedo en el cuerpo. Y el presidente, que sabe que está perdido si a Guardiola le entra un berrinche y le da por marcharse, no tiene más línea de trabajo que la de satisfacer todos sus deseos.
Si le sirve de consuelo a Rosell, tampoco Joan Laporta logró hacérselo suyo. Porque Guardiola no es de nadie. La proyección de su figura excede de los límites que puede entender la mente humana. Laporta quiso que le firmara la renovación para presumir de legado y de foto, pero no le dio esa satisfacción. Porque Guardiola ni es de Laporta, ni de Rosell ni de nadie. No quiere ser presentado como trofeo de nadie. Por eso ni se implicó con Laporta ni se compromete con el proyecto de Rosell, al que pone a prueba de año en año dejando en el aire la planificación a largo plazo y obligando a la directiva a vivir al día.
El directo a la mandíbula que le ha endosado a Rosell utilizando a Laporta no es más que una demostración de fuerza de alguien que quiere dejar claro quién manda aquí. Alguien con el seny de Guardiola, que quiere al Barça y defiende su unidad no puede comportarse como un Mourinho cualquiera abriendo frentes que nada bueno pueden aportar. No está obligado a mantener en público un feeling cariñoso con su presidente, pero en su sueldo sí entra que lo parezca si lo que de verdad pretende es que el club funcione dentro de un orden.
Pep es un tipo listo que sabe lo que sus amigos Laporta y Cruyff han hecho en el Barça. Es libre de cultivar su amistad. Faltaría más. Pero no debe olvidar que la asamblea del club es soberana y que ha sido la asamblea y los socios quienes han reclamado que se haga justicia. Y eso está por encima de sus propios intereses. En el club, como en el equipo, hay que mirar por la gloria colectiva y no por los éxitos individuales. Sólo tiene que trasladar su propia filosofía al club y dejar que el presidente ejerza de presidente mientras él sigue mandando en el vestuario. Guardiola debería saber que lo que no le conviene al Barça es un presidente sometido a los caprichos de su entrenador, aunque entre todos le hayamos hecho creer que es un ser superior.
El ejemplo del desesperado Florentino Pérez bailando al son que marca Mourinho es lo suficientemente sangrante como para intentar evitar que se repita en el Camp Nou. Ya llegará el momento en el que Guardiola podrá ejercer de presidente. Mientras tanto, que espere su turno y no se salte etapas, como cuando en la época de Robson quería influir, como jugador, en las alineaciones.
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