Sábado, 3 diciembre, 2016

JOHAN BLUFF
JOHAN BLUFF

JOHAN BLUFF

No existe peor ciego que el que no quiere ver. Y a muchos culés la venda en los ojos del Cruyff futbolista, la quintaesencia de la elegancia, el autor de goles imposibles, continúa cegándolos. Mi propia infancia coincidió con los mejores años de Johan. Y aún conservo como oro en paño un póster a tamaño real del ‘holandés volador’ vestido de azulgrana. Me encandilaban –y me encandilan- los jugadores creativos. Me encantaba –y me encanta- el fútbol ofensivo. Ergo: me fascinaba Cruyff. ¿Quién puede poner en duda la calidad de un triple ganador del Balón de Oro? Lo mismo que Pelé, Maradona, Di Stéfano, Platini o Zidane, Cruyff hizo méritos en el campo formar parte del Olimpo de los Dioses del fútbol.

Vale. Pero, una vez colgadas las botas, el marcador se pone a cero. El futbolista se va y queda el hombre. Con su experiencia y su palmarés a cuestas, sí, pero el hombre. Culto o ignorante. Generoso o mezquino. Bondadoso o perverso. Indulgente o vengativo. Y, que yo sepa, Cruyff ni es culto, ni generoso, ni bondadoso, ni indulgente. Loable iniciativa la de su ‘Foundation’, pero Johan no es Vicente Ferrer.

No confundamos. El Cruyff futbolista fue un genio. Con sus virtudes y sus defectos. O lo que es lo mismo: un mago del balón que, además, tiranizaba a sus presidentes, se fumaba un pitillo en los descansos, se escondía en una banda cuando no le apetecía jugar… Pero todo se lo perdono porque lo que me hizo disfrutar supera con creces su ‘modus operandi’. Por idéntica razón, perdono al Kubala que bebía, al Garrincha que bebía el doble, al Maradona que esnifaba, al ‘Mágico’ González que se dormía en las camillas del vestuario, al George Best que se perdió entre güisquis y sábanas… Como personas no eran modelos a seguir, pero como futbolistas me llevaron al éxtasis.

Punto. ¿Que podrían haber sido mejores? Seguro. Pero estamos hablando de fútbol. Que Hitler fuera una genocida no le desacredita como el pintor –notable o mediocre- que también fue. La diferencia entre Kubaba, Garrincha, Maradona, González, Best y Cruyff es que los cinco primeros reconocieron sus errores. El sexto no sabe conjugar el reflexivo ‘disculparse’. Jamás le he oído pedir perdón por no haber sido un ejemplo de deportista, por haber puesto contra las cuerdas al pobre Weisweiller, por haberse ‘borrado’ del Barça tras un primer año de escándalo, por darle la espalda a Rexach o por las barbaridades que cometió en su última etapa como entrenador azulgrana, cuando desmontó el ‘Dream Team’ para fichar a Escaich, a Korneiev, a Cela, a José Mari… y a su hijo.

Parafraseando a mi admirado Joan Manuel Serrat, entre ese tipo y yo hay algo personal, porque la culpa siempre es de otros si algo le sale mal. “Yo no soy el responsable del 4-0 en Atenas. Yo no estaba en el campo”, le dijo a un servidor en mayo del 94. Pues eso. El lastre que Cruyf supone para el barcelonismo se basa en que cuando uno es tan bueno en algo (en este caso como futbolista), o tan rico, para justificar sus locuras se recurre al eufemismo ‘excentricidades’. Pero Cruyff no es Dalí. Los culés están en su derecho de idolatrar a quienes les venga en gana. Y de comulgar con ruedas de molino, si quieren. Pero a mí, Johan, el Johan persona, no me la da con queso. Consentido y animado por los de la venda en los ojos, Cruyff se ha convertido en El Padrino, ése que da órdenes desde la semioscuridad del sofá de su despacho pero que nunca se sienta en el banquillo de los acusados. En el Poncio Pilatos que siempre se lava las manos. En el gurú que se cree en posesión de la verdad absoluta.

Pero, querido Johan, lamento decirte que tú ni siquiera inventaste el ‘fútbol total’, aunque te lo hayas llegado a creer. El ‘copyright’ de esa maravilla de la creación se llamaba Rinus Michels y tú, igual que Guardiola, eres –fuiste- un continuador de la obra. Lo siento, amigos Siro, Roncero, Villarroya y cía., pero yo soy de los que sostengo -y demuestro si se tercia-, que Catalunya es una Nación. Pero por esta misma razón no alcanzo a comprender como los culés nacionalistas que idolatran a Johan, los mismos que secundan la obligación de que un barrendero necesite el ‘nivel c’ de catalán para recoger las hojas muertas y mudas en otoño, que se presentan a unas elecciones a la presidencia de la Generalitat con un programa independentista, que les piden a los jugadores del Barça (extranjeros incluidos) que aprendan y utilicen la lengua propia de Catalunya, no digan ni pío porque Johan, un tipo que lleva más años aquí que en su país, no sepa ni decir ‘bon dia’. O no quiera, que es peor. Al contrario, le convierten en entrenador de la Selecció Catalana de Futbol. “Es que no sabe hablar ni holandés”, argumentan entre risas sus acólitos para justificarlo y justificarse. Por favor… “No voy a violar el catalán”, dice él. Pues no lo violes… ¡apréndelo!, igual que hizo Txiki, tu alumno más aventajado.

A los barcelonistas les encanta que cada nuevo fichaje diga en el día de su presentación: “Soy del Barça desde pequeño”. En eso no son diferentes a los ‘merengues’. La cuestión es: ¿alguien ha escuchado a Cruyff decir “soy culé hasta la médula”; o “llevo al Barça en la sangre”; o “cuando pierde el Barça no ceno”. Yo no. Sencillamente porque no tiene patria ni colores ni bandera. Culés hasta la médula son Ramallets, Migueli, Rexach, Guardiola y Puyol, entre otros. Johan, si acaso, es del Barça y del Ajax. Y, siendo del Ajax… acabó su carrera en el Feyenoord, el eterno rival.

Un momento. Ahora que pienso, recuerdo que una vez dijo algo que podría interpretarse como barcelonismo de cuna. Siendo jugador del Ajax, tensó la cuerda para decirle a su presidente : “Si no me traspasan al Barça, dejo el fútbol”. Está claro que no lo dijo por los 12.000 dólares mensuales que le ofrecía Montal, sino por su pasión ‘blaugrana’. Quien piense lo contrario es un malvado. Y llega la Navidad de 2010 y, oh! milagro pascual, ¡Johan reconoce que se equivocó! En su ‘mea culpa’, manuscrito o al dictado en la contraportada de El Periódico, ‘el flaco’ asume su parte alícuota de responsabilidad en el fichaje de Ibrahimovic. Treinta y seis años después de su primer desembarco en Barcelona, el ‘genio’ se apunta un gol en contra. ¡Y vaya golazo! Tras casi 40 años de ‘dictadura cruyffista’, un borrón en su expediente. Claro que después se apunta otro a favor diciendo que también recomendó su traspaso al Milan. Ah, bueno… Así son los asesores sin sueldo, los ‘seleccionadors’ que no cobran: como no reciben nada a cambio (¿?), están legitimados para meter la pata. Perdón por la brevedad, porque el tema da para mucho más, pero me gustaría saber, por último, de qué vive Johan. Supongo que no será de su marca ‘Cruyff Sports’, porque el único profesional que conozco que calzó sus botas fue Johan Jordi. Ni del Barça.

Ni de la Federació Catalana. Ni de la página de El Periódico, quienes, por generosos que sean –que lo son- no le financian ni el sueldo del servicio de su chalé en Pedralbes. El mito azulgrana dice ahora que el Barça le debe cien mil euros y se niega a acudir a la gala del Balón de Oro, uno de los acontecimientos más importantes en la historia del club azulgrana. ¡El Barça (el de Rosell, no el de Laporta) le debe dinero a su leyenda! ¡Qué desagradecidos! ¿Y cuánto le debe él a los culés por los tropecientos mil millones tirados a la basura con Ibra gracias a su infalible bola de cristal? Su aportación desinteresada al Barça no le sale precisamente barata a los culés. De las lagunas de su memoria, publicidad en la camiseta incluida, hablamos otro día. En fin, querido Johan: has sido el mejor futbolista que jamás he visto. Déjalo ahí, no vaya a ser que piense que tu maravilloso cambio de ritmo fue sólo un efecto visual de aquella tele en blanco y negro en la que todo parecía ir más deprisa y que tu ‘gol imposible’ entró por un agujero en el lateral de la red.

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