Lunes, 5 diciembre, 2016

Alfredo Relaño – AS
Alfredo Relaño – AS

Alfredo Relaño – AS

Sólo fueron dos goles, uno de ellos sospecho que autogol, pero la disposición fue intachable. Y esa tormenta de remates no llegó como consecuencia de un loco intercambio de golpes. No comportó riesgos. El Ajax apenas se asomó el área, y hasta fue un milagro que alcanzara un remate al larguero, no sé cómo. De vueltas del rebote, Casillas rechazó el tiro inmediato con un manotazo. Esa jugada con retruque fue el único instante de agobio en el área del Madrid.
El resto fue partido en una sola dirección, la del área de Stekelenburg, el meta que nos encontramos enfrente en la final de la Copa del Mundo. Un buen portero, ya lo vimos. Pero con tan constante ataque del Madrid se le pudo exigir más. Demasiadas veces se quiso coronar la jugada con remate desde el borde del área. Faltó la combinación final, la entrada con pared por un costado, el pase final por el centro, eso tan bonito del tuya-mía en el trance final. Con todo lo que llegó el Madrid, se lo permitió poco. Hubo mucho remate desde la frontal, a servicio del lucimiento de Stekelenburg, y poca llegada hasta hacer la jugada indefendible.
Buena parte de la culpa es que los extremos juegan a pierna cambiada, como es cada vez más costumbre ahora. Los entrenadores lo hacen para que no lleguen al fondo, no desparramen el equipo y se recojan antes. Pero más parte de la culpa fue de la obsesión de Cristiano por hacer su gol como fuese. Disparó hasta once veces, dentro o fuera, casi todas ellas en posición buena, pero manifiestamente mejorable. O sea, acortando bruscamente jugadas que podrían haber tenido más desarrollo. Frente al buen sentido de todo lo que hace Özil o la permanente generosidad de Higuaín, Cristiano empieza a rechinar. Lo tiene que tomar en serio.

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