Viernes, 2 diciembre, 2016

Inhabilitación a perpetuidad
Inhabilitación a perpetuidad

Inhabilitación a perpetuidad

Lo que ha hecho Laporta con su amigacho del alma es posible que tenga perdón de Dios, porque la caridad con el prójimo contempla recompensa, pero no merece el perdón de los socios, que han sido ultrajados y estafados con la penúltima fechoría del ya ex presidente. Aún recuerdo a Joan Laporta en 2003 embaucando a los socios con aquello de “Primer el Barça”. ¿Primer el Barça? ¿Primer el Barça es llenar los bolsillos del amigo fiel a costa de vaciar el de los socios? La broma de Laporta le costará a los socios 5 euros por cabeza. Se trata de una auténtica tomadura de pelo.

Laporta le firmó a Oliver una clásusula de indemnización con premeditación, nocturnidad y alevosía y con la única intención de premiar la fidelidad a su persona, que no debe confundirse con la fidelidad al club que pagaba al empleado. Laporta perjudicó gravemente los intereses del club, los intereses de los socios, anteponiendo sus propios caprichos a las necesidades de la entidad.

Eso es precisamente lo que ha llevado al socio a premiarle en las pasadas elecciones con un voto de castigo. Primer él y sus amigos fieles. Sería fantástico poder decir que “hasta aquí hemos llegado”, pero no será así, porque a medida que el “nuevo régimen” vaya escarbando en los papeles del club irá saliendo más porquería. Esto va para largo.

La mochila de Laporta promete ser pesada. Muy pesada. Y no me refiero a errores de bulto que pueden ser cargados al debe de “los hombres de Laporta”. Por ejemplo, los fichajes de Traffic. Eso se puede ocultar detrás de un humilde “perdón, nos equivocamos”. Pero cuestiones como la de Oliver no son un error. Son fechorías calculadas que exigen un castigo.

Si Laporta entendió que Oriol Giralt debía ser expulsado del club y privado de su condición de socio por el mero hecho de discrepar de su gestión, el propio Laporta merece el escarmiento público de ser juzgado por la nueva comisión de disciplina y castigado por todas las actuaciones irregulares que se descubran. Y la de Oliver lo es. Un tipo que ha recibido la confianza de los socios para gestionar la entidad y que les ha traicionado gobernando como si el Barça fuera su cortijo particular, tiene que asumir las consecuencias. Los estatutos contemplan actuaciones contra quienes perjudican con sus actos los intereses del club y su buen nombre. Y eso es lo que ha ocurrido con Joan Oliver, un hombre que disfrutaba de un contrato que no se mueve dentro de los parámetros racionales del mercado por el simple mérito de gozar de la confianza de su amiguito, el presidente, y llevarla a la práctica con oscuras maniobras como las del espionaje a los directivos o el absurdo chanchullo inmobiliario de Miami. Dos acciones realizadas a espaldas de los socios y que suenan a insulto a la inteligencia ajena de quien ha enarbolado la bandera del todo vale con tal de salirse con la suya.

Los socios no tienen por qué pagar ese finiquito indigno. Que lo pague Laporta de su bolsillo. El tema bien merece un expediente que acabe en su inhabilitación como socio e, incluso, confirmándole como “non grato” para el FC Barcelona. Razones no faltan. Es cierto que el actual modelo ha llevado al Barça a la cima de la excelencia deportiva. Pero ese no era el modelo de Laporta, el de las componendas y triquiñuelas legales. Lo de Guardiola, lo que llena de orgullo al barcelonismo, es otra cosa. De hecho, a día de hoy Pep ni siquiera ha firmado su nuevo contrato y hasta ahora ha estado percibiendo mucho menos de lo que le correspondía a la espera de recibir al nuevo presidente y confirmar su feeling con él. En este momento no existe un contrato que vincule a Guardiola con el Barça. Es una cuestión de palabra entre caballeros. Uno se entrega al club sin mirar la pela. El otro antepone la garantía de las pelas a cualquier otra consideración, por lo que pudiera pasar. Y eso que el beneficiario de la generosidad del barcelonismo había advertido que se iba por voluntad propia ya que, en caso de ser despedido, las cantidades habrían sido otras. Además, hay que agradecerle su altruismo. ¿Qué hubieran tenido que pagarle en ese caso? ¿Cinco millones, quizá?

Lo peor es que llueve sobre mojado. Oliver ya recibió recientemente de la ciudadanía catalana otro finiquito indigno cuando le echaron de TV3. También entonces cobró más de lo que le correspondía enredando con una antigüedad que no era real. Por una cuestión de higiene, el barcelonismo necesita liberarse del yugo de unos apellidos que han sido nefastos. Pero, ojo, sus fechorías no pueden ni deben quedar impunes. El Barcelona exige justicia y penitencia para los pecados, que han sido muchos.

El Barça no podía caer más bajo. Si alguien tenía todavía dudas sobre la honestidad de esta gente, el botón del finiquito de Oliver sirve de muestra ilustrativa. En los tiempos que corren, garantizarse un plan de jubilación a costa de los socios ninguneados es una desvergüenza que exige una respuesta contundente y ejemplar de los nuevos gestores. Estos tipos no merecen seguir formando parte de la familia blaugrana. ¡Inhabilitación a perpetuidad!

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