Sábado, 3 diciembre, 2016

Josep Sun(y)ol, mártir o suicida
Josep Sun(y)ol, mártir o suicida

Josep Sun(y)ol, mártir o suicida

Sanchis, seguramente, no será recordado por ninguno de sus artículos en el diario sustentado —hasta su salida de la dirección— por la Generalitat y la Seguridad Social. Aunque sí, probablemente, por su labor al frente de la televisión culé, una de las mejores en su género, si no la mejor, de las existentes hoy en Europa; y todo hay que decirlo, gracias a la exitosa labor llevada a cabo por Sanchis. A Dios lo que es de Dios.

Barça TV es un canal que está bien planteado, sus contenidos emanan frescura y dinamismo, goza de una realización moderna e impecable y emite trabajos de muy alta calidad técnica y periodística, como el documental sobre Josep Sunyol i Garriga, el presidente del FC Barcelona y dirigente de Esquerra Republicana, fusilado en agosto de 1936 en la sierra de Guadarrama por un destacamento militar del bando nacional. Hasta aquí nada que objetar. Pero el establishment barcelonista no acostumbra a dar puntadas sin hilo; y si para ello hay que retocar la historia, se retoca y santas pascuas. El fin justifica los medios, no sea (como en el fútbol) que el matiz desvirtúe el mensaje. Que no es otro, en el caso que nos ocupa, que el de hacer pasar a Sun(y)ol por un mártir barcelonista, que es como decir de la causa nacional de Cataluña. Patria o muerte. ¡Venceremos!

Lo primero que llama la atención cuando se aborda la personalidad de Josep Sun(y)ol es la catalanización de la grafía del apellido. Vieja táctica esta; se ha hecho siempre y en todas las épocas. Suprimir lo que no gusta, molesta o es políticamente incorrecto. De tal guisa que por el artículo veintitrés Suñol/Sunyol ha perdido la letra ñ del alfabeto latino en favor del dígrafo ny característico de la lengua catalana. Así, el Suñol de toda la vida ha pasado a ser Sunyol, más casolà y que pega mejor con un patriota del Barça (y de Cataluña). Si además la casualidad, o la mala suerte, han querido convertirlo en una víctima del destino, ya ni te digo. Ni san Pedro lo cambia. Y da lo mismo si su padre se llamaba José Suñol Casanovas y su abuelo Antolín Suñol Ramoneda. O que en los registros oficiales de socios del FCB figure como Josep Suñol Garriga. Para los bolandistas del catalanismo, Suñol es Sun(y)ol, el president mártir, y a callar. Y ya puede su hijo, (éste sí) Josep Suñol, ponerse en cruz y esgrimir —como esgrimió hace unos años con ocasión de un homenaje a su progenitor— la partida de nacimiento de su padre y documentos varios certificando que en vida figuraba como Josep Suñol i Garriga. Nada, ni por esas. Al hombre (catalán y del Barça) le hicieron menos caso que el que me habrían hecho a mí en una junta directiva del president Laporta en Uzbekistán.

Otro dato pixelado: su inclusión en el martirologio blaugrana. Suñol forma parte de esa constelación de personajes irrepetibles que parió la República de Abril. Acaudalado, bon vivant, culto, con inquietudes ciudadanas, con un punto mesiánico; un burgués (de izquierdas), en suma, de los muchos que contribuyeron a la caída de Alfonso XIII en 1931. Y como sucede actualmente, también utilizó el deporte —y más concretamente el fútbol— como trampolín social y político. Esport i ciutadania era el lema del semanario La Rambla, fundado por Josep Suñol en 1930, que después se convertiría en diario vespertino. La redacción estaba donde hoy se encuentra el restaurante Nuria, en Rambla de Canaletas, origen de las juergas de la gent blaugrana cuando hay título por medio. Pero esto es otro cantar. No toca, que diría Pujol.

En agosto del 36 Suñol era miembro del Congreso de los Diputados por ERC y representante de la Generalitat en Madrid. Acompañado de su secretario —y redactor de La Rambla—, Pere Ventura i Virgili (antiguo portero del RCD Espanyol, a quien llamaban El Guantes); de un teniente de milicias y del chófer, se encaminó en coche a la sierra de Guadarrama para visitar uno de los frentes. Viajaba en un Ford nuevo con el banderín de Cataluña en uno de los flancos del vehículo. Haciendo caso omiso de las advertencias de los milicianos que se encontraron en su camino sobre el grave peligro que corrían si seguían ascendiendo la montaña, equivocaron la dirección y en el kilómetro cincuenta y dos de la subida al Alto de León, a escasos metros de una caseta de peones camineros, se dieron de bruces con el Ejército faccioso. Suñol y sus acompañantes fueron detenidos y ejecutados sin pérdida de tiempo. Fin de la historia oficial.

Aunque también existe la versión de Rossend Calvet, el Hernández Coronado del Barça durante la guerra civil —salvó al club azulgrana de que Les Corts fuera convertido en un parque móvil del Ejército franquista en 1939—, según la cual Suñol viajaba con una importante cantidad de dinero —veinticinco mil pesetas, según Rossend Calvet, y cincuenta mil, según otros— para fichar a determinados jugadores del Oviedo. Es muy probable que esta versión se ajuste más a la realidad. Porque si Suñol viajaba —y está demostrado— con semejante dinerario en los bolsillos, lo más probable es que fuera para contratar futuras incorporaciones del Barça, no para primar a los soldados defensores de la República, ¿no?

A partir de este dramático episodio el independentismo culé ha construido una leyenda épica, atribuyéndole a Suñol la condición de mártir (nada menos) de la causa barcelonista que, para algunos, es como decir de las aspiraciones independentistas de Cataluña. Y nada más lejos de la realidad. Suñol sólo fue una víctima más de una guerra (in)civil que se cobró miles de muertos por ambos bandos. A Josep Suñol no lo fusilaron por presidir el FC Barcelona, sino por ser un dirigente (y hacer una suicida ostentación de ello) del bando contrario. Y no murió como consecuencia de ningún acto heroico, sino como producto de la mala suerte. De un error fatal.

Como Suñol, otros muchos diputados y exministros —de todo el arco parlamentario— fueron víctimas de la contienda y a nadie se le ha ocurrido compararlos con Juana de Arco. El Madrid CF también aportó su cuota de desgarro y víctimas a esa dramática realidad: el vicepresidente, Gonzalo Aguirre Martos, fue asesinado después de sacarle por la noche de la checa de Porlier, y a Valero Rivera Ridaura, el tesorero, lo mataron en una checa de Usera. ¿Puede considerarse a Gonzalo Aguirre y a Valero Rivera como mártires del Real Madrid? Es evidente que no. Mártires, en su verdadera acepción de la palabra, bien pudieron ser Irurita, Huix y Borrás, obispos de Barcelona, Lérida y Tarragona; o muchos de los cientos de clérigos catalanes a quienes en esos mismos días les dieron matarile ante la pasividad de los dirigentes políticos de Cataluña, incluido el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, amigo y correligionario de Josep Suñol.

Tras conocerse el fatal destino de Suñol, los deportistas madrileños, a instancias de la Federación Nacional de Fútbol, formaron un núcleo de fuerzas voluntarias con el nombre del malogrado presidente del FC Barcelona. Y lo que son las cosas, el cuartel de la nueva milicia José Suñol quedó instalado en la planta baja de la sede social que el Madrid CF tenía en Recoletos, cerca de la Cibeles. Meses después, en Barcelona, el diario La Rambla sería incautado por los comunistas del PSUC. Aunque esto, claro, también es otra historia.

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