Lunes, 5 diciembre, 2016

El cura de Laporta
El cura de Laporta

El cura de Laporta

Héroes, santos y goleadores celestiales han existido en todos los equipos del mundo. Kaká, sin ir más lejos. El ocho del Madrid le dedicó a Dios el Balón de Oro que ganó con el AC Milan y no le importó confesar que había ido al matrimonio casto y puro, sin catar más carne que la de la feijoada (uno de los platos típicos de la cocina brasileña) porque así lo decía la Biblia. Y lo dijo tan pancho, el tío, sin cortarse un pelo. Aunque, qué quieren que les diga, esto último, a mí, siempre me ha parecido más milagro de san Ambrosio que enseñanza bíblica. Por la señora, mismamente, no por otra cosa. Que la Divina Providencia absuelva mis pecados porque de los arrepentidos será el reino de los cielos.

Y es que, para estos menesteres —y a excepción de O Rei Pelé que le ha tirado más la Coca Cola—, los brasileños han sido punto y aparte, o punto pelota que diría Pedrerol. La lista de cracks de la parranda canarinha sería interminable: Garrincha, Gérson, Romario, Ronaldinho, Robinho, Adriano… Ronaldo… ¡Ah!, Ronaldo; el number one, Ronaldo. ¡Grande Ronaldo! Su histórica fiesta de cumpleaños en Madrid debería incluirse en el santoral como han hecho los maradonianos con la Navidad que, con un par, la celebran el treinta de octubre (onomástica del Pelusa), en vez del veinticinco de diciembre. Total, si un gol marcado con la mano (e ilegal, por tanto), lo han elevado a la categoría de lo sobrenatural, el cambio de fechas no sólo parece un asunto menor, sino incluso oportuno.

Masters del universo nunca han faltado en el equipo blanco, ni en el campo ni en el palco. Porque, como escribió Umbral, el Madrid es un dios de mil cabezas que por tener —esto lo digo yo—, hasta ha tenido un presidente metido a fraile: Rafael Sánchez-Guerra, socialista, republicano, alter ego de Niceto Alcalá-Zamora y autonomista; participó en el Estatut de Catalunya de 1932.

La relación del FC Barcelona con lo divino o sagrado ha sido, en cambio, más terrenal, de peus a terra que diríamos; sobre todo, en la etapa de Joan Laporta. De todos es sabido que el patriota del Barça (y de Cataluña, claro) ha contado con la ayuda espiritual del sacerdote nonagenario Josep Maria Ballarín, un loco no peligroso (como él mismo se autocalifica), y, especialmente, con las homilías admonitorias del arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, un habitual en el palco del Camp Nou.

Lo del cardenal por el fútbol no deja de sorprender; de pequeñito no sobresalía precisamente por jugar a la pelota con los niños en la calle de la Manigua, en Horta-Guinardó. Pero como ya he dejado escrito en otro de los ventanucos que la generosidad de Pedro Riaño me deja abrir en la red de vez en cuando, los caminos del Señor (y de Martínez Sistach) son inescrutables. Criticar los dispendios descomunales en los contratos deportivos a raíz de los fichajes por parte del Real Madrid de Kaká y CR9 y obviar tres veces, tres, como el apóstol san Pedro, las adquisiciones de Ibrahimovic (cuarenta y seis millones más Eto’o y suplente de Pedro y Bojan Krkic) y Chigrinsky (veinticinco millones, suplente de nadie y silbado por todos), no dejó de ser una paradoja que el más elemental decoro cristiano desaconsejaba por mucho sentiment blaugrana que profese Martínez Sistach. ¿O es que el fichaje de Villa le ha salido al Barça pukinuki? Cincuenta kilos, oiga, es una pasta gansa que no te menees y aún es la hora de que el cardenal culé promulgue una pastoral o alguna orientación o declaración cardenalicia al respecto.

Está de cine que el arzobispo de Barcelona predique la solidaridad y la austeridad, aunque bien haría monseñor por empezar por mirarse en el ombligo de su propia casa (católica, apostólica y romana). Porque con la inyección del Banco de España en CajaSur podrían haberse comprado nada menos que cinco Cristiano Ronaldos y aún habría sobrado dinero para contratar a un director general del Barça. Con algún recorte en el sueldo, of course, como imponen estos tiempos de crisis que corremos. Ya lo dijo Groucho Marx: a veces es mucho mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y despejar todas las dudas definitivamente.

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