Viernes, 9 diciembre, 2016

La “Operación Bernabéu” del Barça
La “Operación Bernabéu” del Barça

La “Operación Bernabéu” del Barça

Ya empezó Samaranch con su famosa crónica del diario La Prensa de 1943 tras el 11-1 del Madrid al Barça, criticando la actitud sonora del público madridista que, seamos justos, visto hoy con perspectiva histórica, sonrojaría al pacifista más intransigente y no pasaría de un alboroto de guardería si lo comparamos, claro, con la que montó el entorno culé contra Figo, el día del cochinillo; o retrotrayéndonos a una fecha más cercana, con todo lo que ha rodeado la semifinal contra el Inter de Mourinho.

Y en esto, como en otras muchas cosas, hay una diferencia notable respecto a las remontadas históricas del Real Madrid: el madridismo siempre ha apelado a la épica deportiva, al orgullo en el terreno de juego, en definitiva, al espíritu Juanito que en roman paldino significa esfuerzo, sacrificio, lucha, no rendirse nunca, compromiso con unos colores y una afición.

Unas veces salió bien y, otras, no tan bien porque el fútbol profesional, además de un negocio, es un juego donde la suerte, nos guste o no, decide las más de las veces el destino de sus héroes. La Operación Bernabéu del Barça, sin embargo, era otra cosa bien distinta. De más calado y peligrosa y cuya única responsabilidad hay que achacarla al pluriimputado e irresponsable Ramón Calderón. Tenía, por parte barcelonista, un objetivo más pernicioso en su esencia que la mera emulación deportiva, por mucho que en Concha Espina apelaran insistentemente a la política de apaciguamiento con aquella deportividad impostada de “intentaremos que se sientan como en su casa”.

Falso de toda falsedad. Primero, porque ningún culé hubiera visto Chamartín como “su casa”, sino más bien como tierra conquistada. Y después, porque ningún madridista en su sano juicio quería ver a cuarenta mil culés en las gradas del Bernabéu, y menos aún, levantando la Copa de Europa a los acordes del himno de la gent blaugrana. Lo que pretendía el laportismo, lo que buscaba con enfermizo ahínco el barcelonismo, era arrebatar de un zarpazo el alma del madridismo, asaltar los símbolos blancos y humillar a sus dioses, en definitiva, asestar el golpe de gracia al eterno rival que, de haber tenido éxito –y le ha faltado el canto de un duro, o un nuevo Ovrebo, vete tú a saber—, el madridismo, y no exagero, no se habría recuperado en décadas.

De ahí que el choque contra los de Jose Mourinho se orquestara por parte de algún sector del entorno azulgrana con tintes militaristas (las camisetas, la escolta motorizada, la Fiscalía visitando a Eto´o, el acoso al cuartel general neroazzurro…) y desde el más rancio y sempiterno antimadridismo, con las dosis y parámetros antideportivos con que nos tiene acostumbrados una minoría de la afición culé, aspersores al margen. Pero el montaje les salió rematadamente mal (logística y deportivamente hablando: cuatro disparos sobre Julio César es un pobre balance para un súper equipo que jugó contra diez durante cerca de setenta minutos), y la frustración, como es natural, ha sido proporcional a las altas expectivas depositadas en el equipo de Guardiola.

Sí, para qué negarlo, mi alegría fue inmensa tras la eliminación del Barça. Si existe la felicidad, se acerca bastante a lo que experimenté tras el pitido final del belga De Bleeckere. Porque el miércoles, no nos engañemos, el Real Madrid CF jugó seguramente el encuentro de fútbol más trascendente de este atormentado siglo XXI.

Juan Carlos Pasamontes es periodista

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